NOTICIA
‘ME SIENTO AMADA, DESEADA COMO NUNCA’

Isabel Allende y Roger Cukras


La novelista chilena describe así su relación de casi un año con el abogado neoyorquino, con quien ya tiene planes de convivir a partir de diciembre. Una historia de amor y pasión a los 75 años, que la autora de La casa de los espíritus relata con detalles y también deja ver sus propios temores. “Soy brutalmente independiente y privada para muchas cosas. Por ejemplo, me carga compartir el baño. Tengo un jardín secreto... Eso Roger tendrá que entenderlo y respetarlo”. 


Por Paula Palacios   

Fotos Lori Barra


En agosto cumplió 75 años y aunque una vez más no se celebró para evitar ser el centro de atención, este nuevo año encontró a Isabel Allende llena de entusiasmo, sana, lanzando su reciente libro Más allá del invierno, investigando para una próxima publicación y, sobre todo, ¡enamorada! “¡Volví a los 17!, siento que me queda tanto por vivir. Con esa felicidad, curiosidad, ganas de jugártela y de correr riesgos que te pasa cuando te enamoras”, confiesa muerta de la risa la escritora chilena y Premio Nacional de Literatura, que ha vendido más de 65 millones de libros. Y apunta como responsable de esa sensación juvenil a Roger Cukras; el abogado neoyorquino también de 75, con quien en octubre cumplirá un año de relación y con quien tiene proyectado en diciembre iniciar una vida en común. 

Un romance intenso que partió como un simple flirteo por mail en mayo de 2016, cuando Roger —dos hijos, especialista en derecho fiscal y socio del bufete Ingram de NY— manejando camino a Boston, escuchó una entrevista radial a Isabel, de quien ya había leído varios libros desde que cayó en sus manos La casa de los espíritus. El jurista que llevaba casi tres años viudo, cautivado con la “creatividad y lucidez” de su escritora favorita, decidió que una vez que llegara a su destino le escribiría un mail, convencido eso sí de que ella jamás le respondería.

La novelista, por su parte, venía saliendo de un proceso personal complicado: se había separado de William Gordon —tras 28 años casados— y había enfrentado la muerte de dos de sus mejores amigos y de su adorada mascota Olivia, quien la acompañó durante 17 años. “La perra murió justo cuando nos separamos; fue una metáfora del fin de nuestra relación. Con Willie lloramos por ella lo que no lloramos por nosotros. Fue una relación de 28 años y nos separamos bastante viejos. Me sentí en uno de esos inviernos por los que pasan los protagonistas de mi libro, pero sabiendo que saldría de ahí, porque nada se compara con lo que viví en el pasado. Ya me ocurrió lo peor, murió Paulita, lo que me pase ahora no es ni la mitad de lo que ya viví”, dice sobre su hija mayor, que el 6 de diciembre cumplirá 25 años desde que partió por un cuadro de porfiria. Esa fecha la pillará iniciando sus vacaciones tras una ardua gira de promoción de su última publicación por 24 ciudades de Estados Unidos. “No había pensado nada en particular. Siempre para esa fecha vamos con mi hijo al bosque donde esparcimos sus cenizas y pasamos buena parte del día”. 

Isabel comenzaba entonces una nueva etapa. Estaba acomodándose a la soledad e instalándose en una casa más pequeña que compró a 15 minutos de la de su hijo Nicolás Frías, en San Francisco, luego de que junto a Willie vendieran la residencia que tenían y regalaran los muebles de esa enorme construcción ubicada en la colina de uno de los sectores más exclusivos de San Rafael. Un hecho que significó para Isabel un verdadero acto de liberación. “Me deshice del 90% de lo que tenía. Desprenderse de lo material fue maravilloso. Un cambio tan violento de vida como ese al final te energiza, entusiasma, es como una aventura. Me encanta mi casa más pequeña, con decirte que me paro en ciertos puntos, ¡y la veo completa!”. 


CORRESPONDENCIA SEDUCTORA

En ese proceso estaba, cuando comenzó a recibir varios mails de su admirador. “Tuvo la paciencia de escribirme cada mañana y noche durante cinco meses y sin conocerme. Se convirtió en algo adictivo. Lo primero que hacía al despertar era abrir el teléfono para ver si me había escrito; ¡ni un solo día dejó de hacerlo! Y no eran mensajes románticos ni me sentí acosada; era de una delicadeza y finura extraordinaria”, recuerda. 

Tras meses de intensa correspondencia, la escritora fue invitada en octubre del año pasado a una gala en Nueva York sobre derechos reproductivos, hasta donde viajó acompañada con personal de su oficina. “Ahí dije: ‘es hora de conocer a este señor’ y lo invité a la comida. Al día siguiente de ese primer encuentro, pensé: para qué darle más vueltas al asunto, ¡y lo confronté! Le pregunté sus intenciones y le aclaré que a mis 74 no tenía tiempo para perder. En inglés suena menos violento (ríe), pero él tuvo el valor de quedarse. En su caso, ¡yo habría salido corriendo!”.


¿Qué le respondió?

—Quedó desconcertado; después me mandó un mensaje pidiéndome perdón por no responder; que lo pillé de sorpresa y que por supuesto quería explorar algo más que la amistad. Entonces lo convidé a dormir, ¿qué otra cosa iba a hacer?


Ah, sin rodeos.

—¡Para qué iba a perder tiempo! 


¿Cómo ha sido enamorarse a los 75?

—Igual que a los 45 cuando me enamoré de Willie. Quizá la única diferencia es que este hombre está más enamorado de mí que yo de él. Es la primera vez que me pasa, ¡se volvió loco! Vendió su casa, se está deshaciendo de todo y en diciembre se viene a vivir conmigo a San Francisco. Roger estuvo casado 48 años con una mujer que adoraba, que murió de un cáncer largo y espantoso. Estaba muy solo, con un tremendo vacío en el alma. Es un caballero, con una vida organizada, ordenada, a quien de repente, ¡le cayó esta tromba latinoamericana encima! Y el tipo con el corazón abierto y valentía, decidió que era lo que quería hacer y con quien quería estar, ¡listo! Compré una casa chica pensando que viviría sola con mi nueva perrita (Dulce), que tiene solo un dormitorio y que creí no compartiría con nadie.  


—¿Le gusta o le asusta la idea?

—¿Qué es lo peor que puede pasar?, que no resulte, que sufriremos un montón, ¡y qué importa! Lo peor es no vivirlo, no darle una oportunidad. ¿Qué voy a perder? Al contrario, ganaré una experiencia, la posibilidad del amor. Al cerrarte vives a medias, por tenerle miedo al miedo. Eso sí reconozco que como no hemos convivido, no sé si esta pasión y romance resistirá el golpe de la rutina y la domesticidad. 


Además cada uno traerá sus mañas, ¿cuáles son las suyas?

—Soy brutalmente independiente y privada para muchas cosas. Por ejemplo, ¡me carga compartir el baño! Tengo un jardín secreto en mí donde no entra nadie, ni mi mamá. Eso Roger tendrá que entenderlo y respetarlo. 


—¿Qué guarda ahí?

—Historias, las emociones más fuertes, los miedos... Uno de mis mayores temores es depender; no quiero hacerlo con nadie y eso para un hombre es duro, puede sentirse rechazado. Debo trabajar eso; abrirme, para que Roger pueda entrar en parte. Me cuesta pedir ayuda, consejos, porque aún puedo valerme sola. Más adelante cuando ya no pueda, tendré que hacerlo nomás. Por suerte están mi hijo y mi nuera (Lori Barra) que son mis pilares; me sostienen sin hacerlo notar. Lori viaja conmigo para las giras de libros, es mi manager, amiga, guardaespaldas; me defiende. Es fantástica; nunca me hace sentir que no soy capaz de hacer algo. Nadie quiere ser una carga. 


Es casi una fijación suya ese tema.

—¡Me cuesta! Quizá porque desde muy chica tuve que valerme sola. El otro día le contaba a Roger que desde los 17 me mantengo sola, que nunca le he pedido nada a nadie y de eso me he sentido siempre orgullosa. Sin embargo, a mi edad eso no es tan importante. Ya no necesito dar batallas contra molinos de viento si nadie me está atacando.


No te pierdas la entrevista completa en Revista CARAS, 2017.

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